mundo trivial

miércoles, julio 04, 2007

La riqueza de los libros, 5

Ninguna publicidad de una librería, o editorial, mencionaría esto nunca. Tampoco creo que haya autores (y si los hay debe ser en cantidad irrisoria) que se dediquen a ésto en sus giras promocionales, ni tampoco que se haga mención a este aspecto cuando se analice la situación.

No, no creo que en una campaña electoral un candidato gaste siquiera un minuto en hablar del tema, o que el Gobierno anuncie con bombos y platillos un plan de lectura para presos, ni tampoco que los reclusos hagan un motín porque quieran nuevos títulos todos los meses. Pero los libros y las bibliotecas en las cárceles ofrecen un espacio íntimo e irrepetible, único, de crecimiento personal y de reflexión.

"... No se si el tema es la biblioteca, los libros, leer o los libros en la cárcel. No se si al ver una biblioteca se sentirán motivados a leer, creo que leer pasa más por estar con uno mismo y en esa pequeña estadía hacerse preguntas que en el ejercicio de las respuestas se pueda comprender el mundo de una mejor manera para no volver a comenter los mismos errores, o simplemente, para entender..."

Bibliotecas de Cárceles en Uruguay es un blog que explora esta riqueza en los libros, la riqueza de ser libre. La obra y el objeto, conjugados en una misma acción.

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jueves, noviembre 23, 2006

La riqueza de los libros, 2

Cuando se habla de libros es bueno hacer una distinción entre la creación intelectual, llamémosle "la obra", y el objeto material, llamémosle "el libro". Y ahora que existen tantos soportes de información "inubiquitous", digitales, ceros y unos en algún recóndito pedacito de memoria en algún servidor del mundo, la vida de las obras y la de los libros se va independizando cada vez más. Una obra en un libro, en un e-book o en un relato de un anciano (formato aún común en algunas regiones donde la pobreza y el analfabetismo hacen imposible a los otros) tienen, cada uno, sus características propias, algunas ventajosas y otras no.

He tenido muchas oportunidades de reflexionar sobre los libros. Como vehículos de obras, se les profesa una veneración que no les corresponde como libros: le corresponde a las obras. Y las obras ganan sentido mediante el ejercicio de la lectura. Entran así al mundo del lector en pleno derecho, y si no se leyó el libro (no se merece por tanto el título de lector), la obra no tiene sentido y el libro, tampoco. No quiero decir con esto que desprecie las obras que no leí: simplemente mantengo a raya esa admiración fácil de la no-lectura, de la opinión de segunda mano, de la bandera de mi ignorancia.


Desde esta óptica son muy interesantes las bibliotecas personales. Paul Ricoeur ha reflexionado sobre la lectura y concluye que se dan tres procesos sucesivos (llamados mímesis i, ii y iii) en los que finalmente la obra es lo que el lector entiende de ella. Evidentemente, teniendo en cuenta la mímesis iii, hay que ser muy arriesgado para establecer una relación directa entre determinados libros, lo que uno entendió de ellos si los leyó, y lo que uno cree que otros lectores entendieron de ellos.

Sin embargo, tomando otra imagen de Ricoeur, me siento un "cazador furtivo" en un coto de caza real cuando miro bibliotecas ajenas. Ahí no sólo veo parte de lo que su dueño leyó, sino también lo que quiso leer y lo que otros quisieron que leyera, aunque es muy difícil distinguir los unos de los otros y uno termina tratando de descubrir al "odd man out".

No me deja indiferente, entonces, cuando tengo en mis manos uno de esos libros y pienso que estuvo en las manos de otra persona que conozco o conocí, que la acompañó, que la inspiró quizás. Ver las anotaciones de puño y letra también dice mucho del lector propietario del libro: hay quienes escriben en tinta, refutando al autor (que en sí mismo ya no es más que palabras impresas, de modo que no puede defenderse), hay quienes escriben a lápiz ininteligiblemente, como murmurando para sus adentros, y hay quienes escriben anotaciones en otros papeles, que a veces guardan dentro de los libros y a veces no. Hay quienes pasan de página furiosamente o humedeciéndose el índice: en ésos las esquinas están debilitadas. Hay quienes fuerzan la encuadernación lo más posible para leer bien la página: ésos tienen el lomo quebrado y el filo superior se ensancha al acercarse a la encuadernación. Hay quienes manipulan todos los libros con cautela y delicadeza, como si cada ejemplar simplón fuera un incunable: esos suelen trabajar en librerías y son expertos en leer libros y dejarlos como si fueran vírgenes.

Sin embargo, los lectores pasan y los libros quedan. Es verdad, también los libros mueren: se estropean, se roban, se pierden... La muerte de una persona se me hace verdaderamente patente cuando veo sus libros, cuando su biblioteca queda huérfana por haber perdido a quien le dio su significado. Por eso es importante deshacerse de los libros de una persona poco después de su muerte, porque el desmantelamiento y pérdida de una biblioteca personal es una segunda muerte y un segundo duelo.

En serio.


Fotografías de Abelardo Morell

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