mundo trivial

miércoles, julio 04, 2007

La riqueza de los libros, 5

Ninguna publicidad de una librería, o editorial, mencionaría esto nunca. Tampoco creo que haya autores (y si los hay debe ser en cantidad irrisoria) que se dediquen a ésto en sus giras promocionales, ni tampoco que se haga mención a este aspecto cuando se analice la situación.

No, no creo que en una campaña electoral un candidato gaste siquiera un minuto en hablar del tema, o que el Gobierno anuncie con bombos y platillos un plan de lectura para presos, ni tampoco que los reclusos hagan un motín porque quieran nuevos títulos todos los meses. Pero los libros y las bibliotecas en las cárceles ofrecen un espacio íntimo e irrepetible, único, de crecimiento personal y de reflexión.

"... No se si el tema es la biblioteca, los libros, leer o los libros en la cárcel. No se si al ver una biblioteca se sentirán motivados a leer, creo que leer pasa más por estar con uno mismo y en esa pequeña estadía hacerse preguntas que en el ejercicio de las respuestas se pueda comprender el mundo de una mejor manera para no volver a comenter los mismos errores, o simplemente, para entender..."

Bibliotecas de Cárceles en Uruguay es un blog que explora esta riqueza en los libros, la riqueza de ser libre. La obra y el objeto, conjugados en una misma acción.

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jueves, marzo 15, 2007

La riqueza de los libros, 4

Algún viaje propio y varios ajenos me han permitido determinar el souvenir perfecto: un libro. Más duradero que una T-shirt y más útil que un reloj de pared una o lapicera (que por lo general se averían a la semana), los souvenirs que más aprecio son libros.

Me parecen encantadores los libros porque a simple vista son todos iguales (tapas, hojas, y un poco de tinta), pero es necesario un poco más de sutileza para elegir uno que para elegir una T-shirt. Por otro lado, depende de quien compra, de quien recibe y del lugar en cuestión lo que pueda considerarse "un souvenir". Porque a fin de cuentas en este mundo globalizado, ¿vale más comprarse un libro de José Martí en La Habana que en cualquier otro lado? ¿más que comprarse una camiseta con un dibujete de la Tour Eiffel que diga en la etiqueta, bien grande, "made in China"?

Cuestión que aprecio muchísimo que alguien que viaja me traiga un recuerdo (cualquiera sea su naturaleza), pero le tengo cada vez más cariño a esas personas que se toman el trabajo de elegir un libro. Siendo que estos libros siempre deben ser pequeños y livianos (y así quedan descartados los más vistosos), aquí expondré una propuesta de clasificación de estas pequeñas joyas del dinero ajeno gastado en lugares en los que nunca estuve, siempre incompleta y siempre imperfecta.

El primer grupo es el más clásico, el de las guías turísticas. Me encantan las guías turísticas porque tienen fotos bien sacadas, mucho mejor de los que podría uno con su modesta cámara, porque tienen claritos todos los datos que vomitó el guía en 25 minutos, ¡y más!, y además citan bibliografía - las mejores, claro-. El efecto secundario de tener una guía turística de un lugar que uno visitó, es que sin ninguna culpa puede aparecer en primer plano en todas las fotos que sacó, que por cierto, son las únicas que después parecen importantes.

Tengo tres que me gustan mucho: la más añosa es una guía oficial de Hampton Court, con árboles genealógicos de los reyes que vivieron allí y unas fotos estupendas. El texto es como el discurso de un guía, pero se lo perdono: me hace pensar en un paseo por allí.

La segunda es bastante más ambiciosa, "Granada y la Alhambra" su título, es el trabajo colectivo de varios expertos y fotógrafos que llegó a mis manos obsequio de la distribuidora ("hombre, ¡que no es ná!"). Este libro me enseñó una cosa: si uno se va de viaje por tierras extrañas, mejor irse informado de antes. Bien informado, digo. Y si el libro llegó tarde, igual uno puede aparentar.

La tercera y preferida, es un libro cuadrado y pequeño (Triangle postcards en una edición de Taschen) sobre la obra de Gaudí. Perfecta para neófitos y advenedizos como yo (que no sabemos ni pé de arte y arquitectura), está compuesta por muchas fotos de detalles arquitectónicos acompañados por un sutil texto, que leí varias veces pero del que soy incapaz de recordar una palabra (más sutil que eso no se me ocurre). Ideal para leer cuando hay algo urgente por hacer, o para distraer a las visitas si tienen que esperar.

El segundo grupo es bastante más complicado, está compuesto por libros de recetas culinarias "típicas". De esos tengo tres. El primero cabe en la palma de la mano (formato adorable si los hay) y tiene el rimbombante nombre de "100 ensaladas frescas y rápidas". Dieta mediterránea a full, serán frescas y rápidas pero llevarlas a cabo exige una fortuna en ingredientes exóticos. Un fiasco, nunca pude hacer ninguna ensalada de esas, si exceptuamos la de tomate y lechuga (bah, ¡no necesito un libro para hacerla!)

Otro libro, deliciosa sorpresa de mi marido, se llama "The tea companion : a connoisseur's guide", y la autora responde al nombre de Jane Pettigrew... a mí me suena a nombre de vieja inglesa que toma té, será que estoy sugestionada. Este libro tiene una pequeña historia de la infusión que demuestra fehacientemente que los ingleses descienden de los chinos, o que en los tiempos del Imperio Británico no estaba tan claro quién colonizó a quién. Dejando de lado las conjeturas, lo que está claro es que lo único que entiendo del famoso beveraje es cómo se sirve en una taza. Todo lo demás me resulta prácticamente incomprensible.

El último ejemplar de literatura culinaria es un "Irish traditional recipes". Es un ejemplar muy bonito, escrito a mano en tinta verde y con pequeñas ilustraciones muy vistosas, pero excepto el irish coffee ("not quite traditional but just give it some time") la mayoría de las recetas me parecen francamente repugnantes. Sí, ya sé, será solamente una cuestión cultural, pero el budín de intestinos con sangre me hacen prometerme que si algún día pongo mi pie en Irlanda, sólo comeré pan.

Finalmente, están los libros relacionados de alguna manera a ese lugar. Además de varios libros comprados en el país de origen del autor (quizás con ventajas en el precio y una anécdota pero nada más), mi preferido entre los preferidos se trata de un librito bastante guaso intitulado "Shakespeare without the boring bits", traido, obviamente, de Stratford upon Avon. Según aclara el autor, las historias del teatro shakespeareano son muy interesantes pero resultan aburridas por cómo ha cambiado el lenguaje, entonces él propone relatar las historias en formato cuento y desde la perspectiva de uno de los personajes. El "We were battling some danish in the north, and I'm not talking about tennis" me encantó.

Pero los libros de viajes tienen éso, les gusta viajar. Y así perdí el de Shakespeare. A quien se lo llevó no le puedo decir más que...
Thou fawning shard-borne maggot-pie!

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martes, diciembre 26, 2006

La riqueza de los libros, 3



"Cuando llegamos a la Ciudad Universitaria conseguimos entrar en el edificio de Filosofía. Construimos barricadas con libros de metafísica hindú y filosofía alemana; eran totalmente a prueba de balas"

La riqueza de los libros 3, en La petite Claudine


ver además
La riqueza de los libros,
La riqueza de los libros, 2

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jueves, noviembre 23, 2006

La riqueza de los libros, 2

Cuando se habla de libros es bueno hacer una distinción entre la creación intelectual, llamémosle "la obra", y el objeto material, llamémosle "el libro". Y ahora que existen tantos soportes de información "inubiquitous", digitales, ceros y unos en algún recóndito pedacito de memoria en algún servidor del mundo, la vida de las obras y la de los libros se va independizando cada vez más. Una obra en un libro, en un e-book o en un relato de un anciano (formato aún común en algunas regiones donde la pobreza y el analfabetismo hacen imposible a los otros) tienen, cada uno, sus características propias, algunas ventajosas y otras no.

He tenido muchas oportunidades de reflexionar sobre los libros. Como vehículos de obras, se les profesa una veneración que no les corresponde como libros: le corresponde a las obras. Y las obras ganan sentido mediante el ejercicio de la lectura. Entran así al mundo del lector en pleno derecho, y si no se leyó el libro (no se merece por tanto el título de lector), la obra no tiene sentido y el libro, tampoco. No quiero decir con esto que desprecie las obras que no leí: simplemente mantengo a raya esa admiración fácil de la no-lectura, de la opinión de segunda mano, de la bandera de mi ignorancia.


Desde esta óptica son muy interesantes las bibliotecas personales. Paul Ricoeur ha reflexionado sobre la lectura y concluye que se dan tres procesos sucesivos (llamados mímesis i, ii y iii) en los que finalmente la obra es lo que el lector entiende de ella. Evidentemente, teniendo en cuenta la mímesis iii, hay que ser muy arriesgado para establecer una relación directa entre determinados libros, lo que uno entendió de ellos si los leyó, y lo que uno cree que otros lectores entendieron de ellos.

Sin embargo, tomando otra imagen de Ricoeur, me siento un "cazador furtivo" en un coto de caza real cuando miro bibliotecas ajenas. Ahí no sólo veo parte de lo que su dueño leyó, sino también lo que quiso leer y lo que otros quisieron que leyera, aunque es muy difícil distinguir los unos de los otros y uno termina tratando de descubrir al "odd man out".

No me deja indiferente, entonces, cuando tengo en mis manos uno de esos libros y pienso que estuvo en las manos de otra persona que conozco o conocí, que la acompañó, que la inspiró quizás. Ver las anotaciones de puño y letra también dice mucho del lector propietario del libro: hay quienes escriben en tinta, refutando al autor (que en sí mismo ya no es más que palabras impresas, de modo que no puede defenderse), hay quienes escriben a lápiz ininteligiblemente, como murmurando para sus adentros, y hay quienes escriben anotaciones en otros papeles, que a veces guardan dentro de los libros y a veces no. Hay quienes pasan de página furiosamente o humedeciéndose el índice: en ésos las esquinas están debilitadas. Hay quienes fuerzan la encuadernación lo más posible para leer bien la página: ésos tienen el lomo quebrado y el filo superior se ensancha al acercarse a la encuadernación. Hay quienes manipulan todos los libros con cautela y delicadeza, como si cada ejemplar simplón fuera un incunable: esos suelen trabajar en librerías y son expertos en leer libros y dejarlos como si fueran vírgenes.

Sin embargo, los lectores pasan y los libros quedan. Es verdad, también los libros mueren: se estropean, se roban, se pierden... La muerte de una persona se me hace verdaderamente patente cuando veo sus libros, cuando su biblioteca queda huérfana por haber perdido a quien le dio su significado. Por eso es importante deshacerse de los libros de una persona poco después de su muerte, porque el desmantelamiento y pérdida de una biblioteca personal es una segunda muerte y un segundo duelo.

En serio.


Fotografías de Abelardo Morell

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martes, noviembre 14, 2006

La riqueza de los libros

Los libros son sumamente enriquecedores porque mucha gente guarda dinero en ellos y luego se olvida.


Hace poco decidí deshacerme de una serie de libros por los que nunca tuve mucho afecto. Revisándolos, encontré dentro de una guía gastronómica del Périgord noir (sitio en el que nunca estuve) un billete de 20 dólares. Decidí conservar los libros un poco más, a ver si encontraba más dinero dentro de ellos.

Mis padres, en la época en la que no existía el cajero automático y cobraban todo el sueldo una vez por mes, solían guardar el dinero dentro de un ejemplar de La riqueza de las naciones de Adam Smith. Aún así en una época de bonanza Adam no resultó lo suficientemente amplio como para recibir los frecuentes ingresos, y el tomo con la letra E (de economía) de una enciclopedia de lomo gris fue la receptora. Ni que decir que el gris es el color del olvido y pronto fue como si ese dinero nunca hubiera existido, hasta que un día por error bajaron ese libro (en realidad lo tiraron al piso) y oh lá lá: ¡lluvia de dólares!

Pero lo más grande que encontré en materia de riqueza literaria fue al inventariar una biblioteca personal cuyo dueño había fallecido recientemente, y a la que los herederos no tenían intenciones de conservar. El propietario había sido más comprador compulsivo de libros que bibliófilo, por lo que había varias obras repetidas. En una de esas segundas copias (un libro grandote, tamaño A4 ó más grande aún) encontré 5 billetes de 100 dólares, de los nuevitos. Tuve un brote de paranoia y me dije éstos billetes son falsos y me los pusieron a propósito, para ver cómo reacciono, así que llamé a la viuda y le hice rápida entrega. Ella se mostró aún más sorprendida que yo, pero no dudó en sepultar los papelitos en su bolsillo, y no volvió a mencionar el asunto. Conclusión: no sé si hay conclusión, pero creo que hice bien. No sé de quién sería ese dinero, pero mío, de seguro que no.

Fotografías de Abelardo Morell

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