mundo trivial

jueves, junio 21, 2007

El populómetro

Para Ana C.


Si yo supiera más matemática me dedicaría a modelar fenómenos como la popularidad de una persona creando un algoritmo, el populómetro, cuyo resultado sería el índice de popularidad. Es más, creo que el populómetro se podría aplicar con seguridad de los cumpleaños de 15 años en adelante y arrojar con bastante eficacia el índice de popularidad de una persona a lo largo de su vida.

Parto de la definición de popularidad (tan vulnerable al sentido común como cualquier definición del mundo matemático) como la capacidad de convocatoria por razón propia. Ya me imagino que un dirigente estudiantil que logra convocar a multitudes a sus asambleas también es muy popular, pero yo me refiero a la gente que viene a verlo a uno, sin convicciones políticas, religiosas o morales de por medio. Te vengo a ver porque te quiero, o al menos me caés bien, y paso bien con la gente que te rodea, o al menos eso creo de antemano.

La idea original es muy simple: cantidad de invitados (asistentes deseables) dividido cantidad de asistentes (asistentes reales). Sin embargo después se me ocurrieron las siguientes variables que pueden afectar al cálculo populométrico:

* Vinculación previa. Este es el caso de las reuniones del "grupo de bachillerato" de mi marido, donde no importa quién organice las reuniones ya que los asistentes son tan interesantes como el organizador. Digamos, en este caso la vinculación previa anula a la capacidad de convocatoria personal.

* Circunstancialidad. Faltar a una fiesta de casamiento "porque sos un tipo aburrido" es de mala leche, mientras que faltar a un cumpleaños es mucho más disculpable. A fin de cuentas, cumplirse se cumple todos los años, pero casarse no se hará más de dos o tres veces en la vida. Cuestión que el populómetro en los casamientos hay que calcularlo distinto.

* Coincidentalidad. Organizar una reunión en una fecha que posiblemente coincida con otras reuniones importantes, es arriesgado. Los que cumplen años el 30 de diciembre saben muy bien de qué hablo, y yo, que cumplo el 27 de marzo, ya sé que si organizo mi fiesta el viernes antes de la Semana Santa (que es toda feriado en Uruguay), sé seguro que un tercio de mis invitados no viene porque se fueron de Montevideo.

* Geografía. Finalmente, la última variable que afecta la presencia de gente como yo (sin vehículo propio), es la cercanía y accesibilidad del punto de reunión en sí. Si no hay línea de transporte, la vuelta en taxi costaría un dineral, y no sé de nadie con auto que pueda traernos de vuelta, me lo pienso dos veces. Creo que, sin embargo, esta es la más débil de las categorías ya que hay grupos sociales en los que "todos tienen auto" y otros grupos donde es menos frecuente.

Si ponemos que el clima acompaña, se avisó con relativa anticipación, no coincide con una fecha de convocatoria familiar o religiosa, si uno además dio a conocer detalles como "mirá que va a haber comida rica", entonces puede estar seguro que el populómetro va a dar un buen número. Yo creo que normalmente asiste el 50% de los invitados a una reunión; el mayor problema presentado para el "party planner", sin embargo, es que aunque se supongan porcentajes de antemano la lista de los asistentes reales es un misterio hasta el evento en sí. Esta incidencia estocástica, aunque problemática para el que le gusta organizar y tener todo bajo control, es maravillosa desde el punto de vista del modelo.

Pero eso ya excede totalmente al populómetro, porque los invitados ya están allí.

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jueves, mayo 31, 2007

Las neoviejas

Un fenómeno que he percibido últimamente es que los tratamientos de belleza, las cirugías, las cremas y los cuidados preventivos sobre los tan temidos "signos de la edad" (o del envejecimiento), cumplen sus promesas. Es decir, hay mujeres de más de 50 años que no tienen arrugas en la cara, no tienen canas, tienen un busto exhuberante, tienen todos los dientes perfectamente blancos y parejos... es decir, no tienen señales visibles de envejecimiento.

Y sin embargo, tampoco se puede decir que parezcan jóvenes.

Son un nuevo grupo de mujeres normalmente profesionales de alto poder adquisitivo ganado "con el sudor de su propia frente", cuyos hijos (si los tuvieron) ya se emanciparon, y tienen una capacidad de consumo sin igual. Veo a varias en el gimnasio cuando voy de mañana, son una pequeña tribu urbana que se toma el cuidado del cuerpo como una religión de alto mantenimiento.

Yo las bauticé "neoviejas" con el desprecio que caracteriza a cada generación de mujeres con respecto a la progenitora. Y es verdad que el primer sentimiento que me causa es desprecio. Las encuentro ridículas e incapaces de aceptar canas y arrugas cuando el cónyuge normalmente las tiene y de a muchas. Me dan pena, gastando dinerales en cremas y perdiendo la compostura en el gimnasio, causa de alguna dieta que promete la luna a cambio del sol. Arriesgando la salud en un quirófano, para "corregir un defecto" que no lo es tal sino una evolución natural. Creo que están llevadas por una pretensión absurda de vencer al paso del tiempo y quizás también a la muerte, a veces por una reafirmación de su femineidad amenazada por la de una hija u otras mujeres jóvenes del entorno. ¡Qué tontería!

Pero por otra parte las admiro, y mucho. En primer lugar, muchas de ellas son profesionales de carrera que han ganado mucho dinero y tienen derecho a gastárselo como mejor les parezca. En segundo lugar, aunque estoy en desacuerdo con la forma en que lo materializan, me parece novedoso y ejemplar que las mujeres no abandonen su aspecto después de la menopausia, y sigan buscando ser atractivas. Y en tercer lugar entiendo que "el aspecto" para muchas mujeres es una forma de relacionarse con el mundo, y que dependen de él; que muchas veces las presiones para "teñirse esas canas horribles" o "hacerse un freshen-up" deben ser realmente insoportables.

Cuestión que mientras estuve enferma estuve mirando catálogos de cremas faciales y no me decido a usar una o a seguir como si nada. ¿Qué tal si, como ocurre con el intestino cuando se consumen laxantes habitualmente, la piel se acostumbra y se genera una "dependencia"? El fabricante va a estar más que contento, y si la industria farmacéutica me parece de desconfiar, ni hablemos de la cosmética, su hermana la pervertida. ¿Qué tal si untándome el cremunje éste efectivamente evito el daño acumulativo del sol, y cuando tenga 70 años voy a estar arrugada como una pasa de uva pero, eso sí, saludable? No sé. Hasta ahora siempre tuve la sensación que ponerse una crema en la cara es como salir con guantes: protege por un rato, pero no hay ningún efecto profundo. Salvo que sea dañino.

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viernes, mayo 11, 2007

Fashion victim

La moda expresada como prendas de vestir a la venta en comercios siempre, siempre, siempre me lleva a las siguientes observaciones, especialmente cuando se trata de las colecciones invernales.

Una, que lo más determinante en una prenda de vestir no es tanto el precio, la edad a la que se dirije o el talle, sino si se adapta a la vida que lleva la persona. Siempre que veo prendas cortas y livianas en las colecciones de invierno no puedo evitar un "esto es para alguien que vive y trabaja en un lugar con mucha calefacción". Durante el invierno yo no uso manga corta ni para dormir, ¿para qué me compraría un top sin mangas? Por más que el precio me sea accesible y me favorezca como ninguna otra prenda, ¡es una locura! Esa prenda no es para los inviernos que paso yo. Es una prenda inaccesible.

Algo parecido me pasa con los zapatos. Ya sé que hay una componente de hábito en esta cuestión, pero definitivamente hay zapatos que son para mujeres que están todo el día sentadas: llegan a su trabajo en auto (llegar caminando o en ómnibus sería imposible), y sin duda alguna, suben por ascensor. ¿Cómo me voy a independizar algún del calzado "deportivo" y del "casual" (pronúnciese "cáyual") si camino un kilómetro para llegar hasta mi trabajo, y allí adentro hay corredores y escaleras por todas partes? Esto no me resultaba tan obvio y admito que gasté en calzado que me pareció precioso y que nunca pude usar. Una amiga mía decía que me encantaba torturarme los pies, pero en realidad solamente era una mala compradora.

Y finalmente, la gran cuestión de las tendencias. "Este año están de moda los zapatos en punta rosados". "Este año se ponen de moda las rayas horizontales, tipo navy". "Ahora es el tiro bajo y la ropa corta". "Ahora el tiro del pantalón sube un poco y la ropa se alarga". Según he leído, los diseñadores de ropa testean el gusto de las consumidoras, y existen "trend forecasters" (algo así como el pronóstico del tiempo pero con la moda) acerca de lo que las consumidoras comprarán. A lo mejor es porque vivo en una pequeña ciudad del tercer mundo donde lo que se testea no es tanto lo que les gusta a las consumidoras locales sino lo que predomina en otros lugares, para imponerlo con la flexibilidad de una dictadura. ¿Quién dijo que le gustaban los pantalones de tiro corto? ¿Eh? ¡Contésten!

Pero esto me lleva a una nueva cuestión. La ropa también tiene mucho que ver con percepción visual, la que tenemos sobre nosotros mismos y la que los demás tienen de nosotros. Me abruman los consejos de moda, el estilismo y esas cosas. Presto toda la atención posible, trato de ponerle onda cuando salgo a mirar con el bolsillo bien dispuesto, pero al final de la cuestión temperatura y pudor es lo que a mí me preocupa. Y punto.

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miércoles, febrero 14, 2007

Otoño, Invierno, Primavera y Verano.

Siempre me sorprende constatar la diferencia de preferencias e inclinaciones que tengo con otras personas, las que son más notorias cuanto más cuanto más cercana la persona en cuestión. La que me parece más notable es la preferencia por las estaciones del año.

Mi padre prefiere los primeros días del otoño, cuando la luz es dorada y ya no hace mucho calor. "El día en que naciste vos el día era así, mágico", me dice siempre que empieza el otoño, la luz es dorada y ya no hace mucho calor. La preferencia de mi padre viene a que es de las pocas personas que conozco que disfrutan caminando por ahí, sin contar calorías ni pensar en la salud. Si la tarde está linda, mi padre deja lo que está leyendo y sale a caminar. Y si lo que está leyendo es muy importante, se lleva el libro abajo del brazo y la pipa en el bolsillo, y hace una parada en el camino para leer un poco. O si está en el trabajo, hace parte del trayecto de vuelta a pie (no todo porque tampoco es un chiquilín, ¿eh?).

Mi madre, en cambio, prefiere el invierno para poder sentarse frente a la estufa de leña prendida, o cocinar tortas de chocolate que inunden la casa con su aroma. La preferencia de mi madre por el invierno tiene mucho que ver con la comida y también, con el abrigo. Será que a mi madre no le gusta salir a pasear, sino que prefiere quedarse leyendo sentada en un sillón y con una frazada sobre las piernas. Ese vendría a ser su estado ideal, creo yo.

La primavera es una época difícil: yo empiezo a estornudar en agosto y paro a fines de noviembre. Pero sé que a mi marido le encanta, especialmente ir al estadio un domingo de tarde y dejar la garganta hinchando por Nacional; y también le gusta abrir las ventanas de casa un rato, para que se ventile y entre ese olor a nuevo, a aire frío que de repente vibra con el sol que trae la primavera.

Y a mí, a mí me gusta el verano. El verano en la ciudad, con su luz resplandeciente y el calor, me encanta el calor. No me importa que me transpire el bigote o que la camiseta tenga marcas abajo de los brazos. Me gusta el verano en la ciudad porque la fruta en los puestos las ferias vecinales huele de colores, porque hasta el yuyo más miserable es de verde brillante, y especialmente, porque hay Carnaval.

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viernes, noviembre 10, 2006

Reflexiones en otro de esos días

Desde que escribí ésto hasta ahora, las cosas han ido cambiando: concretamente de mal en peor. Las razones no las sé, aunque alguna sí.

La situación (además de angustiarme en extremo) no deja de intrigarme. ¿Por qué una reunión familiar me resulta intolerable, cuando mantengo con cada individuo una relación cordial, buena en algunos casos? Ni idea, pero así como Ana C. modela los problemas, yo los metaforo. Para entenderlos, para transformarlos, para que de alguna manera sean ficción y, tal cual teleteatro berreta de las 3 de la tarde, tengan fijada la hora de principio y de fin.

Lo primero que se me ocurre es que las personas y las familias pueden compararse a los libros y a las bibliotecas. Uno puede haber disfrutado fantásticamente de un libro, de varios, de muchos inclusive, pero no quiere decir que necesariamente disfrute y sea amigo de la biblioteca que posea esos libros. La biblioteca puede ser hostil, una mierda de lugar, sin importar cuánto le hayan gustado a uno los libros. Es triste, pero es así. Hay una curiosísima independencia entre el espíritu de los libros y el espíritu de las bibliotecas.

Después me viene a la mente una de esas bestias legendarias que atacaban a los marineros (igualmente legendarios) en sus expediciones por las recónditas esquinas del Mar Mediterráneo. Cuando estamos tocando el timbre en una reunión familiar, siento que estoy parada con un bote al borde de un lago apacible y agradable, en el fondo de cual vive un monstruo horripilante. Ahora bien, el dilema está en no subirse al bote y mantenerse al margen (aburrido en extremo y con consecuencias nefastas en el corto, mediano y largo plazo), o subirse y naufragar. La bestia legendaria es como un pulpo con muchos tentáculos, igualmente peligrosos: uno es indiferencia y se dedica a interrumpir cualquier oración de más de 5 palabras, mientras que su brazo gemelo seduce, buscando información que tarde o temprano será utilizada en contra; otro es interés morboso por la salud y las ganancias de uno; otro insiste en esclavizar con una tarea toda la noche (normalmente relacionada con la comida o la bebida); el quinto es una prueba de resistencia a los músculos faciales evitando un bostezo al escuchar con pelos y señales, los detalles de la vida de la realeza europea... y así sigue. Tiene muchos brazos, y todos atacan, aunque algunos lo hacen de inmediato y otros más tarde.

Y finalmente, aunque no es nada original, no puedo evitar comparar al matrimonio con un caballo de Troya. Uno, cual troyano cansado por la guerra del tiempo y la soledad, abre las murallas feliz e ilusionado y deja pasar a algunas de las esferas más cerradas de la vida privada a esa persona que llega como un regalo... pero dentro viene Ulises con su banda de malandros, que uno ni en el más loco de los sueños hubiera dejado pasar tan adentro. Llegan y hacen destrozos: pisan los jardines, roban los pasteles enfriándose en las ventanas y orinan en la fuente.

En fin. No le encuentro solución. Solamente sentarme y esperar, a que el monstruo se adormezca y la superficie vuelva a estar serena.
Y ahí todo vuelve a empezar.

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martes, setiembre 26, 2006

Menta mental

Ultimamente he dedicado mucho tiempo y energía a cierto asunto de nunca acabar, que, lo que son las cosas, ya no parece tan infinito como antes. Toda este esfuerzo deriva en cierto nivel de estrés que me hace preguntarme si mi vocación, mi verdadera vocación, no será la de estresarme... porque me sale muy bien, digo.

En este contexto de estrés recientemente me pasaron tres cosas, que cada una de por sí no alcanza para hacer un post, pero que juntas pueden dar una idea de lo que es estar en mis zapatos hoy en día.

Una de ellas fue que me tomé un taxi; iba apurada y quizás por eso me dio la sensación que el conductor iba lo más lento posible. Me molesté, y más cuando no quiso darme cambio justo (el viaje costaba 49 pesos y quiso cobrar 50) con la excusa de que no tenía cambio. Normalmente soy conciliadora, o no le doy importancia a algunas cosas (1 peso no alcanza para nada), pero a veces llevo un demonio sentado al lado mío y me vuelvo mala. Le puse cara de inocente y le dije "pero acá dice que cuesta 49", a lo que el conductor largó un "hay gente bichicome... quedáte acá que voy a buscar cambio". Me dejó sola, con el motor encendido, y se alejó unos 30 metros. Creí verlo conversar con un cuidacoches, no parecía muy apurado.

No, no me quedo nada, nadie con un poco de dignidad acepta que lo llamen bichicome por reclamar lo que le corresponde. Abrí la puerta al lado de mi asiento, me bajé, abrí la puerta delantera, abrí la puerta del conductor, quedó todo el auto abierto y encendido, y me fui.

Creo que estuve mal. Miren si le robaban el auto... Por no darme un peso de cambio. En realidad por llamarme bichicome. En fin.

Otra cosa, que ocurre a diario, es que tengo unos sueños re-locos. El típico, que entrego la tesis y me dicen... "Ummm, este tema ya no nos interesa más, mejor ¿por qué no empezás este otro?" O... "perdimos el único original de tu trabajo, tenés que escribirlo todo de nuevo", o "Los autores en los que te basás no nos gustan, leé estos otros", "Ah, justo acabamos de aprobar otro igual, el tuyo parece un plagio" etc. Esos sueños me incordian, pero los que me exasperan son los que tengo después de escribir durante la tarde: exhausta tras el esfuerzo de encontrar las mejores palabras en mis sueños pierdo la capacidad de comunicarme, agobiada por la responsabilidad de decir todo de la mejor manera posible. Me despierto tratando de romper cadenas invisibles, planeando conspiraciones para poder decir "¡apagá ese despertador ahora mismo!".

Pero lo que me puso sobre alerta de que mis estados andan alterados y que ando con las ideas muy fijas, fue un paseo de compras aleatorias en un supermercado muy grande por el que paso muy de vez en cuando. Fui a pagar unas cuentas, y como me sobraba dinero, decidí una expedición para ver si "necesitaba algo". Entré y ví una oferta de té... mi bebida preferida y estaba a muy buen precio, así que agarré, una caja. Seguí caminando, y pasé por la sección perfumería, me acordé que esa mañana se había acabado la pasta de dientes, elegí dos tubos de la más barata. Mi paseo continuó más allá, ví pañuelos descartables y soy alérgica, siempre estoy comprando pañuelos. Elegí un pack de 6 paquetitos. Ya había comprado suficientes cosas, así que fui a la caja. Allí estaban las mil y una variedades de chicles Beldent, agarré un paquete al azar. Pagué y me fui a mi casa, y fue allí, al abrir la bolsa y poner el contenido sobre la mesa que me percaté de una inquietante coincidencia: todo lo que compré era de gusto u olor a menta. Té de menta, pasta de dientes "menta clásica", pañuelos Elite aroma menta refrescante, y el chicle beldent menta más aburrido de todos.

¿No estaré mental?

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viernes, setiembre 08, 2006

Breve lista de pequeños placeres inconfesables

* sentir el roce del pantalón contra las piernas recién depiladas

* rascarme allí donde el elástico dejó una marca

* una pasadita por el baño que en breves minutos satisface todas las necesidades

* que mi marido me sorprenda con una habilidad culinaria oculta hasta el momento

* observar el humo que sale de una taza de té recién hecho

* entrar a mi casa y sentir olor a pan tostado

* pensar en sexo

* alegrarme cuando en las películas, los villanos reciben su merecido

* la vergüenza en la cara de los infames

* leer muchas veces los mismos pasajes de los mismos libros (novelitas románticas cutres)

* cuando me acuesto, al comenzar el invierno, sentir el peso de (muchas) frazadas

* odiar a mi jefe e imaginarlo atado y en tanga de leopardo, u otra situación humillante

* la satisfacción de la tarea realizada (espero que mi jefe no lea esto)

* sentir el olor de la primavera

* que llueva y no tener que preocuparme si me mojo (y mojarme, claro)

* que alguien me de la razón, mucho tiempo después de afirmar lo contrario

* un golpe de inspiración que me da la frase justa en el momento exacto

* pensar un post para este blog

* escribir un post para este blog

* contestar los comments de los posts de este blog (sí, este blog es importante en mi vida pero casi ningún conocido "personal" lo lee).

Estoy convencida que las cosas buenas de la vida están hechas de muchas cosas pequeñas: momentos que uno pasa con familiares, amigos, logros personales... qué se yo, son muchos. Pero algunos son tan ridículos o privados que son inconfesables, o por lo menos es muy difícil que salgan a la luz en alguna conversación.

Después de leer cierto post de Bestiaria y ver Le fabuleux destin d'Amélie Poulain, me di cuenta que estas cosas, de tan pequeñas, caen en el olvido cuando en realidad eran tan importantes que le alegraban la vida a una persona. Persona que en este caso soy yo.

¿Y qué mejor lugar para escribirlas que mi blog?

Posts relacionados:
Olores para catalogar, de Ana C.
50 cosas para hacer antes de encontrar el amor de tu vida
, de Bestiaria
Blogoscopio

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lunes, agosto 21, 2006

Intraducibles, 4

¿Alguien sabe cómo se dice "vida útil" en inglés?

No me refiero a medicinas o alimentos, sino artefactos electrónicos. Ponéle, decir "la vida útil de un televisor es de n horas".

Hace un par de días que me ronda la pregunta y no sé cómo decirlo...

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jueves, agosto 17, 2006

Estrellas y estrelladas

Se dice por ahí, y se repite machaconamente, que el casamiento es el día más importante en la vida de una mujer. Con mi más pulido y bienintencionado ánimo revisionista voy a analizar esta malvada sentencia, que pesa tanto sobre las solteras como las casadas.

A las solteras este precepto les niega todo. La posiblidad de tener un día auténticamente importante para empezar, cuando... discúlpeme el lector si hiero su sensibilidad, pero es probable que muchas hayan tenido días muy importantes, y sí, me refiero a eso que usted está pensando. Por otra parte, con la complicidad del Idioma Español, les niega el título de señoras y las arrincona a un diminutivo que 10 años después de abolido sigue tan fresco como siempre. Y ¿con qué necesidad diferenciar a mujeres solteras de casadas, cuando con los hombres no es así?

Pero también las casadas cargan con el yugo del día importante. Porque "el día importante para una", para entender bien de qué se trata, hay que darlo vuelta y allí queda claro: el día del casamiento es (probablemente el único) día de la vida en que una es realmente importante. La más importante de todo el asunto. El centro de toda la atención. Cuando lo viví, la verdad es que me estresé como loca. Me gusta que me presten atención, pero cuando hablo: ser el centro de atención de otra manera, que se me analice al detalle, cada puntada de mi atuendo, la altura de mis zapatos, si estoy en forma o me sobra un kilo, si me broncée, si me maquillé... no me jodan, es horrible.

Fue en ese momento que aprendí que existen dos tipos de novia: la que tiene madera de estrella, la que nació para ponerse el vestido blanco y se preparó toda la vida para ese día, ese gran día, que se mueve con soltura y naturalidad entre la atención de familiares e invitados; y la que se estrelló frente al juzgado o el altar, preocupada por pagar el alquiler en fecha, o cambiar esos platos horribles por unas asaderas prácticas, ojerosa por dormir mal y deseando que todo termine rápido para irse de luna de miel.

Yo fui una estrellada. Me divertí más de lo que suponía en la fiesta porque no me dí cuenta que era importante. El problema es que desde ese entonces las fiestas de casamiento me parecen un embole acartonado infumable, y paso de malhumor por la dictadura del amor ajeno.

Porque el asunto del día importante hay que mirarlo al revés: dicen que para los novios es el día importante, cuando ellos son los importantes para el día. Para los que no son los novios, especialmente sus allegados, en realidad el día es muy importante y con bastantes imposiciones, si lo piensan un poco: deben tomar todos los recaudos impuestos por las circunstancias, que pueden ser trasladarse a muchos kilómetros de sus viviendas cuenten o no con vehículo, agenciarse atuendos "que no se hayan visto antes", etc., pero ellos no son importantes para el día. Porque claro, los que se casan son otros y uno debe hacer todo para acompañar en ese día de felicidad.

Y todo por este hecho puntual, el casamiento, que marcaba antiguamente el comienzo de la vida conyugal y que actualmente lo hace en cada vez menos casos. Que es solamente una pequeña porción de la vida matrimonial. Hay mucho más matrimonio que el casamiento, hay decisiones mucho más difíciles y jugadas que la tela del vestido, hay mucha más necesidad de apoyo familiar que un pariente vestido de jacquet que te saca a bailar el vals. Me dolió escuchar ofrecimientos muy generosos cuando organizábamos nuestro casamiento que se desvanecieron cuando, después de casados, lo necesitamos.

Por eso los casamientos me ponen de mal talante. Les seguiría hablando, pero la verdad es que tengo que ir al shopping, a comprarme unos zapatos nuevos. Es que este sábado tengo un casamiento y no puedo ir hecha una chirusa, ¿vieron?

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viernes, agosto 11, 2006

Ojos libres de radiación catódica

Hace años que no tengo televisión en mi casa. Al principio fue porque no tenía dinero para comprarme una, y como me mudaba sola y tantas cosas eran diferentes ésta era una más; después porque se vino mi novio (ahora marido), y no teníamos espacio. Ahora, simplemente porque no tenemos.

Pero tampoco se trata de ningún fundamentalismo, así que de vez en cuando, en la casa de otras personas, me enfrento a la caja boba. Y observo. Me observo. Es raro.

En primer lugar, perdí el hábito de ver sangre, muertos, gente despedazada, gente pudriéndose entre las moscas, bombas, gente insultándose frente a la cámara. Los que he visto últimamente son actores y escenarios construidos ad-hoc, parte de películas, con libreto donde pasan cosas con cierto orden. Situaciones donde la cámara es el ojo que dispone, no un participante más que es lo que ocurre en la televisión.

En segundo lugar, me olvidé que existían las pautas publicitarias. Quedo en estado de fascinación absoluta mirando los avisos, dándome cuenta que ese vulgar yogurcito que apenas me llamó la atención en la heladera del súper es la revolución alimenticia de la que todos hablan. Mirando los canales de televisión locales, me siento como un extranjero. En realidad, siento un poco de alienación, como si me estuviera dando órdenes. La única semana que hubo una TV en mi casa me sentí observada. Como un ojo "Big Brother".

En tercer lugar, no puedo creer el ruido que mete una TV prendida. El silencio no existe en la televisión, y ahí caigo, me doy cuenta que me encanta el silencio o el simple ruido de las cosas. Antes, cuando vivía con mis padres, tampoco era muy amiga de la televisión (me pasaba que me gustaba una serie, por ejemplo Los Simpsons, pero veía un capítulo cada 3 meses), pero sí escuchaba radio todo el día. Ahora no. Me gusta el silencio.

Y por último, descubrí un grupo nuevo de gente, los que viven sin televisión. Algunos son fundamentalistas, otros estamos en posturas menos mandriles. ¿Y saben qué nos diferencia más de los que sí miran tv? La forma en la que hablamos: más bajo, y cada uno con expresiones propias. Cuando yo miraba TV podía detectar qué programas miraba cada quién, y notaba uniformización. Ahora se me averió el radar.

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miércoles, julio 19, 2006

Verdades a mis 27

Cuanta más atención le dedico a mi cuerpo, más defectuoso me parece. Cuando me pongo un vestido de fiesta, zapatos de taco, maquillaje, y llevo un peinado de peluquería me siento fea, mientras que un piropo me hace sentir linda.

La depilación de las cejas me parece un arma de doble filo. Mejoran increíblemente la cara: hacen que una parezca prolija, despejan los ojos, hacen la mirada más felina, pero delatan la edad: según el estilo de depilación, claro, porque después es muy difícil de cambiar. Mejor me las dejo así, "wild and free".

Cuando estoy de vacaciones duermo más, pero estoy cansada. Cuando estoy trabajando duermo menos, pero descanso mejor. Creo que la gente que se levanta temprano tiene más éxito en la vida, pero cuando emerjo de las sábanas antes de las 7.00 estoy de malhumor el resto del día.

La mejor hora para hacer gimnasia es las 7.30 am. Esa es una verdad durísima.

Cuando como sin hambre puedo comer sin fin, pero si tengo hambre la capacidad es limitada. La idea de hacer dieta me entristece, e intentarlo, me hunde en un pozo. No puedo vivir sin chocolate, harinas, caramelos y papas fritas (bueno, sin papas fritas puede ser). Los niños hacen bien en odiar las acelgas. Son horribles.

Desde que dejé de leer Cosmopolitan me siento huérfana de frivolidad local.

Hace 5 años y medio que no tengo una televisión en mi casa. Me río de los teleadictos. Saco conclusiones estereotipadas sobre las parejas que tienen una televisión en el dormitorio.

Tengo un vicio y se llama Google. Tengo otro y se llama Blogger. No es más sano que la TV, no es, no.

Saber hablar en varios idiomas es el auténtico ascensor social (junto con una ocupación digna). Interiormente me río de las personas que tienen auto y casa grande, pero no saben pronunciar "Jacques Chirac" diferenciando las iniciales. Me da pena la gente que pronuncia "senkiu" en lugar de "zenkiu". Me dan vergüenza ajena los nuevos ricos, con sus esfuerzos denodados por gastar con criterio. Pero nunca digo nada al respecto.

No tengo bijouterie fina porque no uso. No uso porque no tengo. Me tiene podrida la bijouterie de alambre y piedras de colores. Pero tampoco nunca digo nada al respecto.

Opino que las mujeres que abandonaron sus carreras profesionales y/o laborales para dedicarse a su casa y su familia, cometieron un grave error.

Mis ansias de procrear se esfuman cuando me encuentro con mis amigas que ya son madres.

Valoro en un hombre que hable poco. Excepto cuando tiene linda voz.

Me encantan los hombres de pelo muy corto (exceptuando a los que se visten de verde todos los días). Los pelados son lo máximo. En eso Zinedine Zidane es el sex symbol indiscutido del fútbol. David Beckham es un payaso.

Mi marido perdió el pelo en una quimio y nunca lo recuperó. Nuestro lazo es indisoluble. Creo que mi matrimonio durará para siempre.

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En 10 años, hablamos.

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miércoles, mayo 24, 2006

Agregue misterio a su vida

Pase una tarde de visita a un familiar anciano y trate de descubrir sobre quién eran las anécdotas.

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sábado, mayo 20, 2006

De amigos y enemigos

Desconfío, no de la gente que tiene muchos amigos, sino de la que no tiene enemigos.

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